Después de dos tumultuosos años, Cyrus aparece con un salvaje nuevo álbum, una perspectiva fresca, y mucho qué decir acerca de sus héroes, sobriedad, y obtener el respeto que se merece.

El sol apenas comienza a ponerse en el Valle de San Fernando de Los Ángeles y Miley Cyrus está ocupada “afinando algunas armonías”, como ella lo describe orgullosamente. Ha estado refugiándose en su estudio toda la tarde con el productor Andrew Watt. Su nuevo álbum, Plastic Hearts, ya está terminado hace tiempo, pero el par aún tiene más trucos debajo de sus mangas, como un cover del sencillo de 1992 de Metallica, “Nothing Else Matters” para un futuro compilatorio. Cyrus ha estado cantando el coro durante la última hora, con un gruñido que una vez hizo que Waylon Jennings le preguntara a su papá, Billy Ray Cyrus, por qué dejaba a una niña de tres años fumar cigarrillos.

“¿Puedes escucharme gritar desde aquí abajo?” pregunta, sorprendida de que su voz fue lo suficientemente fuerte como para rebotar en las consolas de estampado de cebra, bajar la escalera decorada con Playboys vintage, hacia su sala de estar. El espacio es hogareño, pero aún hay toques de lo surreal y “mierda de arcoíris por todos lados”, como ella lo pone, como pinturas neón psicodélicas y esculturas multicolor colocadas al lado de grandes libros de mesa de café acerca de David Bowie y Pink Floyd. Cyrus se mudó aquí, al enclave de Hidden Hills, en septiembre de 2019, asentándose al lado de vecinos como las Kardashian, Drake, y Jessica Simpson. Al principio, la lujosa comunidad cerrada parecía un poco “normcore” para ella. Y hoy, luciendo un corte mullet rubio sucio, botas combat, y un chaleco estampado con CBGB, ella sí luce como que estaría más en casa en el pórtico de Trash & Vaudeville en el East Village de Nueva York con el resto de los chicos punk.



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